Plancha de Trabajos  ·  Respetable Logia MEDIODÍA nº 66 (GLSE) en los V:.V:. de Sevilla (España)

"UNA APROXIMACIÓN A LO RELIGIOSO DESDE UNA ÓPTICA RACIONALISTA"


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Antes de nada desearía sincerarme con vosotros y puntualizar algunos aspectos que me han llevado a decidirme por este trazado, aun reconociendo su tremenda complejidad, delicadeza y extensión; en la esperanza además de avivar en su justa medida las consciencias. Vaya por delante que las reflexiones que aquí vierto nacen de un profundo sentimiento de honradez y respeto para con todos, y para conmigo mismo. He procurado desprenderme de todos los a priori sobre el tema, intentando que mis reflexiones nazcan de la sinceridad más absoluta y de la reflexión más pausada; como no podía, ni debía, ser de otro modo. He buscado, en suma, intentar comprender el sentimiento y el sentido religioso; sin hablar por supuesto de religiones concretas. Y todo ello constreñirlo en pocos folios, aún a sabiendas que no todo lo que aquí queda escrito es lo que ha pasado por mi mente; ni mucho menos lo que hay que decir sobre el tema.

En todo este tiempo de urdimbre, y mucho, mucho anterior a él, me he estado preguntado igualmente sobre lo que pueda tener (o no) de seductor el sentimiento religioso, que es capaz de embriagar –o de emponzoñar- a mentes y personas numerosas y variopintas sin distingos culturales, económicos o sociales, en sus formas más suaves, ortodoxas, ancestrales, irracionales, esnobistas, fanáticas o acérrimas. No estoy seguro de haber obtenido una respuesta, lo confieso. Me he preguntado también si sería o no posible la supervivencia de una religión sin dioses, de ningún tipo; me he topado con el significado antropológico y social de las religiones y rápidamente llegué a la conclusión de que cuando se quiere comprender un comportamiento tan –para mí- extraño o un sistema de valores tan exóticos, el desmitificarlos no sirve de mucho, si lo que se persigue es justo eso: entenderlos, aún sin necesidad de compartirlos. He estado –estoy aún- dispuesto a rectificar mis reflexiones, corregir o ampliar mis conclusiones y reconducir mis ideas si con ayuda de vosotros, mis lecturas –que os puedo asegurar que sobre esto ya llevo más de las adecuadas- y replanteamientos, llego a puertos distintos de los que ahora me hallo, pues –y no me engaño- no estoy en el final. De modo, que lo que sigue es justo el punto donde ahora me encuentro.

Hay que comenzar reconociendo que inicialmente, la cosmovisión global que dominaba la sociedad era de tipo religioso, y siempre me he preguntado por qué fue esto así: por qué este modo de intentar e interpretar el mundo, y no otro. Para responder a esto he buceado en alguno de los trabajos de Mircea Eliade, con cuyas afirmaciones no siempre he estado de acuerdo, atribuyendo ese desfase –además de a mi ignorancia- a la diferencia temporal existente entre la época en que se escribieron esos trabajos y la actual, donde hay más luz –de la ciencia, curiosamente- sobre algunos extremos que Eliade afirma. Creo que las religiones fueron (y no sé si todavía lo siguen siendo en la misma media, que no en el mismo modo) fueron fenómenos culturales, en el sentido más original del término, y desempeñaron funciones sociales propias y específicas que se perpetuaron, ampliaron, desvirtuaron, mejoraron y ramificaron a lo largo de los tiempos. Y aunque parezca una temeridad por mi parte, me aventuro a plantear como hipótesis que el nacimiento de la agricultura allá por el Neolítico jugó un papel fundamental en los orígenes de la religión, o al menos en algunos de sus aspectos, aunque sin duda no fue el único, ya que la adquisición y ampliación del lenguaje echó una mano poderosa al ampliarnos no solo la capacidad de comunicación, sino parejamente la de entender y movernos por el mundo.


Otra poderosa ayuda fue también el aprender a enterrar a los muertos, pues tal vez de ahí arranca el sentimiento de trascendencia, o si se me apura, de finitud frente a infinitud, de absolutez y relatividad. Hasta tal punto que en general, todas las religiones pretenden precisamente eso, ultimidad y absolutez más allá de la experiencia empírica y mundana. Igual nació así ‘lo sagrado’, lo inmutable, lo absoluto, lo divino, lo santo como el ámbito último desde el que hay que comprender la realidad. A todo esto hay que sumar de modo simultáneo la aparición de las primeras dosis de observación y asombro. Comenzamos siendo agricultores, y pronto –sin saber cómo- se aprendía la mejor época de siembras y cosechas, se aprendía que ciertos terrenos, con un adecuado clima y riego, eran capaces de proporcionar frutos de forma regular. Y también probablemente del mismo modo naciera el símbolo y el culto –dos conceptos fundamentales- relacionado con la Tierra-Madre, con la fecundidad humana y agraria, de la sacralidad de la Mujer, etc. Pero en todo ello igual no se comprendía el por qué de esas regularidades, ni se sabía qué sucede con los animales y personas muertas.

Quizás el mejor salto en la historia de la Humanidad fue el sentir la necesidad de dar respuestas a esos “por qué”. De manera que fuera entonces “la necesidad” el origen común de religiones y raciocinios; no una necesidad material o física sino otra más profunda, esquiva y difusa. Sin embargo, en los orígenes, lo religioso fue el sentimiento predominante y la herramienta con la que sujetarse a la vida hasta que con la cultura griega se inicia el lento y tortuoso despegue de la mentalidad racional, también destinado en principio a ser alternativa de interpretación, de ser también una especie de agarradero vital. Pero pronto se descubría que con él, con el raciocinio, no se podía -ni se puede- ir tan lejos, pues metodológicamente ambos modos de interpretación son opuestos: el pensamiento racional –la Ciencia, si se prefiere- es metodológicamente atea en el sentido corriente del término, busca explicar el fenómeno por sí mismo, inmanentemente a la realidad material analizada y sin recurrir a otros principios no materiales. Existan dioses o no, no se puede recurrir a ellos para resolver los problemas.

Para la ciencia, no hay misterios ni milagros, sino preguntas que todavía no tienen respuesta, y ese posicionamiento es fundamental, racionalmente hablando. Las religiones, cuando acuden a esos principios no materiales, parecen llegar más lejos en la solución al auto-problema del hombre, pero desde el punto de vista racional son soluciones no válidas pues de nuevo metodológicamente no son respuestas contrastables en el laboratorio, o no resisten una argumentación sobre la base de los hechos constatables, y por tanto no es que se haya llegado más lejos en sentido literal, sino que se ha inventado el camino. Eso sí: es una respuesta; válida y suficiente para multitud de personas, que en posesión de sus circunstancias la aceptan como tal. Con esto únicamente deseo decir que lo religioso no es más que una opción de estar en el mundo, en desventaja frente a la Ciencia si se pregunta a un racionalista, o adelantada a ésta si se le cuestiona a un religioso. No llego a tener claro todavía la idea bastante extendida de admitir que ciencia y religión son versiones complementarias de la interpretación del mundo y que como tal puedan coexistir en un mismo pensamiento; y a mi juicio no lo son porque ante las preguntas de la esencia y sentido del Hombre, de su Vida y de la muerte, parece desertarse de un esquema de pensamiento –el racionalista- para acudir al otro, al religioso, del mismo modo a como podemos guardar cosas en un bolsillo u otro según sea el tamaño del objeto –de las preguntas- que vayamos a guardar. Y sin embargo -es curioso- parece ser este modo de “simultanear bolsillos” uno de los más extendidos; tal vez porque sabiéndonos racionalmente finitos ansiamos infinitud, sabiéndonos racionalmente mortales, andamos sedientes de inmortalidad, sabiéndonos racionalmente Humanos, ansiamos lo divino; y no se quiere aceptar la simple idea de Heideger del “Hombre como ser arrojado a la Vida”. Por ello, estaría por aseguraros que la desaparición de las religiones no haría desaparecer la religiosidad.

Honradamente, creo que en general, afirmar que lo que mantiene a millones de personas en el mundo procesando o al amparo de una u otra religión (del tipo que sea, deista, politeista, animista, etc…) es su incultura o su falta de capacidad crítica, es una gratuidad que no se sostiene por ningún lado. Del mismo modo que tampoco se sostiene el afirmar que los no-religiosos, ateos o agnósticos son carentes de valores, o sin esquemas coherentes de conducta con los que interpretar y enfrentarse al mundo. Como dice Eugenio Trías, el ser Humano es un ser del límite, que vive en la frontera entre lo animal y lo divino, pero que emerge de la vida animal con una constitución paradójica, que le predispone para que las preguntas sobre el sentido de su existencia, de la vida o de la muerta, surjan de modo espontáneo e insoslayable.

Desde el punto de vista racionalista, es cierto que nuestro reloj biológico no es muy diferente del resto de los animales, pero sabemos que vamos a morir y en general nos preguntamos por el significado y el porqué del nacer y el morir: esa misma pregunta que empezó a hacerse el Hombre cuando comenzó a enterrar a los muertos. Precisamente, la evaluación que hagamos del origen y del final de la existencia humana configurará nuestra vida, o al menos una importante parte de ella, de modo que por una opción u otra -racionalista o religiosa- el Hombre no deja de ser un problema para sí mismo. Ahora bien, ¿somos realmente libres para decantarnos por uno u otro modelo de respuesta? ¿Qué determina en última instancia que elijamos “la opción A o la opción B”? ¿Qué tiene de seductor, para cada uno, una respuesta o la otra? Aquí sin duda, los factores culturales de los que participamos y en los que nacemos y nos desenvolvemos, son fundamentales, aderezados si se quiere con cierto grado de valentía y de capacidad crítica, que no siempre acompañan. La cultura –como alguien dijo- es nuestra segunda naturaleza donde muchas veces vivimos cómodamente enfundados, de modo que cuando nos sentimos cuestionados por situaciones de vida y muerte -sobre todo cuando son de seres queridos y cercanos- y desde esa vivencia global reflexionamos sobre su significado, nos apoyamos en los moldes culturales que tenemos, y mezclamos los componentes emotivos y los racionales; y a veces sin un resultado definido en esa mezcla. La impronta cultural que hayamos recibido o padecido, regulará nuestra respuesta inicial, y en este sentido, la religión ha jugado de siempre y antiguo un papel fundamental, y en la mayor parte de las ocasiones ofreciendo un grato asidero al que el racionalismo no se atreve a llegar, simplemente por consistencia y coherencia con sus principios de base.

Curiosamente, a pesar de las diferencias de culturas, las personas que participan de ese sentimiento religioso, mantienen como denominador común más allá de las diferencias formales, el sentirse y moverse dentro de un ambiente “sagrado”, dentro de un Cosmos sacralizado. Las religiones por tanto, han sido tradicionalmente las grandes “dadoras de sentido” (o dadoras de ilusiones, si se le pregunta al racionalista). De ahí su importancia personal y social en lo que concierne a la identidad y a la cohesión de los miembros de una sociedad, pues llega a ofrecer un marco de interpretación en el que se pueden integrar un gran número de acontecimientos, y no solo el de la muerte: para la conciencia racionalista, por ejemplo, un acto fisiológico como la alimentación, la sexualidad, etc., no es más que un proceso orgánico, independientemente de cuáles sean el número de tabús que le inhiban todavía; pero para la conciencia religiosa un acto tal no es nunca simplemente fisiológico, es –o puede llegar a ser- un “sacramento”, esto es, una comunión con lo sagrado, por apropiarme de la terminología de Mircea Eliade. Para el sentimiento religioso, una piedra, una montaña o una espada, no son solo objetos en sí, sino vehículos mediante los cuales lo sagrado se manifiesta, por lo que ya no es solo el mismo objeto sino además otra cosa. Desde la visión racionalista –permitidme que lo incluya- no hay reglas o leyes que aplicar y por las que establecer la asociación entre el objeto-símbolo y lo por él representado. Precisamente con los ejemplos del estilo anterior, suele achacarse con harta frecuencia a las mentes racionalistas “lo pobre” del no ver más allá, de no saber o no poder llegar al “sacramento”; o yendo más lejos se indica que se está cercenando la naturaleza espiritual de lo Humano. Con sinceridad, siempre me han parecido lamentablemente cortos y estrechos estos reproches que se ofrecen de las interpretaciones racionalistas. Se olvida de raíz que los presupuestos interpretativos de partida son radicalmente distintos, y –ahora hablando desde el lado racionalista- es precisamente el haber descubierto algunas bases orgánicas, las bases fisicoquímica de algunos comportamientos, lo que le confiere esa matriz de sentido al pensamiento racionalista. Es más, tampoco se está renunciando ni cercenando nada, antes al contrario se está re-enfocando la realidad, al no perderle de vista su ingrediente nuclear. Podría apuntar otros muchos ejemplos de esta misma línea. Por ejemplo, el tiempo religioso es considerablemente distinto al tiempo “profano”, o los espacios religiosos, diferentes a los profanos, pero esta visiones no convierten a una u otra en mejores o peores (conceptos que aquí no poseen un sentido muy claro) sino simplemente en distintos pero reconocibles, si se tienen conciencia de los lugares y funciones de cada uno, o mejor, parafraseando a Kant, “solo el que ha bajado al infierno del autoconocimiento, puede superar la tendencia a la autodivinización que hay en el hombre”. Precisamente fue también el mismo Kant y la Ilustración dieciochesca los que impugnaron de forma radical el acceso racional a Dios a partir de la naturaleza, y de ese modo abandonar la minoría de edad del Hombre.

Justo por lo anterior se atribuye culturalmente lo lapidario del “Dios ha muerto” de Nietsche al racionalismo. ¿Pero ha muerto realmente bajo “la bota racionalista” o ha sido sustituido precisamente por el racionalismo? Es decir, como se comenta a veces, ¿no sería el racionalismo otro modo de religión o de sentimiento religioso? Creo que cuando se plantea este punto se corre el riesgo de caer en la trampa del lenguaje, pues ya he comentado que metodológicamente ambas ideas –racionalista y religiosa- están en las antípodas, e incluso desde el punto de vista formal ya he expuesto la separación entre ambos, de modo que bajo mi punto de vista ni siquiera tiene sentido plantear en esos términos el interrogante, pues el término “religioso” queda completamente diluido.

A este respecto es curioso también señalar los numerosos intentos de hallar una especie de “teología racional” ya desde los tiempos de Boecio y su famoso y controvertido “credo ut intelligam”. Si bien esos intentos nacen justo después de las mismas Cruzadas, cuando el pensamiento árabe –impregnado de Aristóteles y cultura griega- penetra en Europa. Es entonces cuando esa Europa de la Edad Media se encuentra con la ciencia y el racionalismo de Aristóteles enfrentado al sentimiento religioso europeo de entonces; y ante ello, cabían dos posibilidades: o plantar batalla a esa ciencia con las armas de la religiosidad, o integrar la fe con la ciencia del estagirita. Lo primero era imposible: el intelecto cristiano no había podido hacerse por sí mismo lo bastante vigoroso para poder luchar con la mejor inteligencia de Grecia. Sólo cabía la segunda solución: Alberto Magno y Santo Tomás adaptaron el cristianismo a la ideología griega, racionalista. De hecho, la misma palabra teología tiene su origen en ese intento, pues la primera parte de ella, theós, es cristiano y el lógos predominantemente de Grecia. Y mirando las cosas con un poco de rigor se advierte que el lógos griego traiciona constante e inevitablemente la intuición cristiana. Desde entonces y hasta ahora, se han venido sucediendo numerosos intentos para reconciliar racionalismo y fe, sin que hasta el momento, bajo mis cortas entendederas, se haya conseguido. En este asunto me da la sensación de estar reproduciendo en este ‘debate’ algo así como el conocido diálogo en que un ciego le pregunta a un tullido “¿Cómo anda usted, viejo amigo? Y el tullido responde “pues ya lo ve usted, buen hombre”. Creo que estamos obligados a reconocer que las llamadas ‘pruebas de la existencia de Dios’ no lo son en sentido estricto, sino que responden a la inseguridad y angustias humanas ante lo infundamentado y precario de nuestra existencia, ante el miedo a la infinitud y ante los imperativos del instinto de supervivencia que se transforman en el hombre en ansias de pervivencia e inmortalidad. Como también hay que reconocer que la problemática de la existencia o no de Dios es una problemática de tipo global, o universal si se quiere, con infinidad de respuestas particulares y circunstanciales, lo que lo hace por tanto, diferente del tipo de respuesta racional, donde solo caben únicas (o pocas, contadas y compatibles soluciones) a problemas concretos, definidos, medibles y contrastables. Es más, me atrevería a decir que aun existiendo una prueba demostrativa de una vida futura, NO sería ésta una prueba de religión, porque el que vayamos a vivir después de la muerte sería perfectamente compatible entonces (de existir tal prueba, digo) con el ateismo o el agnosticismo.

Eso sí, admito sin rubor que tanto “lo religioso”, como “lo racionalista”, son creencias en el sentido Orteguiano del término. Introduzco aquí un matiz que juzgo importante para diferenciar idea (religiosa o racional) de creencia: las ideas se tienen, en las creencias se está, como nos recordaba Ortega; siendo estas últimas –las creencias- las que marcan nuestra vida, no se cuestionan, operan en el subsuelo de nosotros mismos, son nuestra realidad, y marcan nuestra vida y nuestro modo de entender y actuar en el mundo. Es evidente entonces que el modo en que entendamos la vida será muy diferente si se está en la creencia de un Dios (con toda su serie de atributos) o si se está en la creencia contraria. Las ideas por otra parte, son solo eso, ideas: ocupaciones intelectuales. En el fondo por tanto, y paradójicamente, mirad por dónde, el Hombre es un ser crédulo o, lo que es igual, el estrato más profundo de nuestra vida, el que sostiene y porta todos los demás, está formado por creencias. En realidad, bien pensado esto no hace más que reformular la pregunta inicial en otros términos: ¿qué nos hace adoptar una creencia y no otra? Hay veces que en las creencias (más frecuentemente, en la creencia racional) se abren agujeros de duda, y como también nos recuerda Ortega, en la duda también se está; se está como en un abismo, cayendo: es la negación de la estabilidad. Por supuesto que no me estoy refiriendo a la duda intelectual, del mundo de las ideas. Tampoco la duda, como se malinterpreta, es un “no creer” frente a un “creer”, ni es un “creer que no” frente a un “creer que sí”. La duda nos enfrenta además a una realidad bicéfala, pero tan real como cualquier otra creencia en la que se esté.

Es cierto que habría mucha tela que cortar sobre esto y mucho más que matizar y profundizar sobre estos aspectos, o sobre las modificaciones que esas creencias han ido teniendo a lo largo de la historia, o en lo personal, pero tampoco deseo estirar demasiado las aportaciones de Ortega sobre las que habría sin duda mucho que hablar, y tampoco deseo desviarme más del objetivo de este trazado e ir concluyendo ya esta “mera avanzadilla” sobre el tema que someto hoy a vuestra consideración.

Así pues lo que podríamos llamar “la necesidad de sentido” hace que pueda entender la búsqueda religiosa; pero a mi juicio no la legitima, ni mucho menos convalida su verdad y sus pretensiones de haber alcanzado un Dios que es el último referente de sentido y la instancia que permite la esperanza, pues hay más posibilidades abiertas, muchas de ellas fruto de la duda y por ende del racionalismo, con un alcance y unas esperanzas diferentes. Dicho de otro modo, también existe una ética racional basada, por qué no, en una mentalidad científica. Con todo, la vida casi nunca tolera que se la suplante ni con la fe revelada, ni con la razón pura. Al hombre, como de nuevo nos recuerda Ortega, no le es dado ningún mundo ya determinado. Sólo le son dadas las penalidades y las alegrías de su vida. Orientado por ellas, tiene que inventar el mundo. La mayor porción de él la ha heredado de sus mayores y actúa en su vida como sistema de creencias firmes. Pero cada cual tiene que habérselas por su cuenta con todo lo dudoso, con todo lo que es cuestionable. A este fin ensaya figuras imaginarias de mundos y de su posible conducta en ellos. Entre ellas, una le parece idealmente más firme, y a eso llama Verdad. Pero conste: lo verdadero, y aun lo científicamente verdadero, no es sino un caso particular de lo fantástico, de su invención del mundo y del estar en él.

He dicho.

RGGF

Un maestro Masón.
Sevilla, Octubre de 2006 e:.v:.

R:.L:. Mediodía