Masoneria y el
Concepto Iniciatico
“Dijo
Jesús: que quien busca, no debe dejar de busca
hasta
tanto que encuentre. Y cuando encuentre, se
estremecerá, y tras
su turbación, se llenará de admiración
reinará sobre el
universo y hallará el reposo.”
(Evangelio apócrifo de Tomás, Logion nº 2 – Nag Hamadi)
Resulta a veces difícil plasmar en unas cuantas palabras, ideas o
conceptos que nos han atraído desde siempre y sobre las que hemos podido
dedicar no pocas horas de estudio. Cuando nos toca explicarlo, ese conjunto de
lecturas se nos presenta como un horizonte borroso hacia el que no sabemos cómo
dirigirnos.
Esto es precisamente lo que me ocurre con esta plancha que el Taller me plantea
y que contemplo no como un reto, sino como una suerte de laberinto donde apenas
consigo distinguir la entrada, pues resulta difícil exponer un concepto cuando
apenas se consigue entender el fenómeno.
Si no me equivoco, todo proceso iniciático pretende situar al neófito en
condiciones de afrontar una realidad presumiblemente superior, que rompa con los
esquemas de su realidad cotidiana y cultural. En ese despertar lúcido, que
fractura los esquemas por los que habitualmente nos guiamos, se produce una
necesaria disociación entre el conocimiento racional y el que se alcanza a
través de una determinada forma de iniciación.
La “traditio” de causas y efectos lógicos que nos orientan por el mundo y que
nos sirven para desenvolvernos ante nuestros semejantes, afrontando con la mayor
lucidez posible las bonanzas y adversidades que el “siglo” nos plantea, queda
interrumpida, de modo que el neófito alcanza una realidad desprovista de
referentes, regida por un barroco conjunto de símbolos, usos y costumbres
desconocidos para él y para la mayoría.
El mundo que concebimos con los esquemas mentales que presiden nuestros
comportamientos, y que condicionan nuestros conocimientos, se compone de un
conjunto de impresiones y fenómenos que sólo pueden ser desentrañados mediante
el ejercicio de los mecanismos racionales. Sólo existe y se
considera veraz, aquello que se puede analizar, explicar y repetir a
voluntad, de modo que una vez descubiertas sus causas, se puedan dominar los
efectos.
Desde esta perspectiva, las actitudes religiosas, el ejercicio de la tolerancia,
el sentido del deber, de la solidaridad, de la fraternidad y, en general, de las
virtudes morales, sólo pueden ser concebidas como posturas teóricas o
comportamientos culturales impuestos por las jerarquías políticas y religiosas
de cada sociedad y, en definitiva, como costumbres y señas de identidad nacional
o colectiva. Ningún espacio habría de quedar para la percepción instintiva,
intuitiva o trascendente, pues el proceso de racionalización que se nos impone,
resulta ineficaz ante tales retos: es materialmente imposible desentrañar sus
causas para dominar los efectos, al menos de una manera sistemática.
En cambio, los procesos iniciáticos suponen una inmersión en realidades carentes
de existencia real, compuestas de fenómenos intangibles, experiencias en las que
el iniciado abandona toda pretensión de dominio, retornando hacia un punto
remoto de la percepción humana, hacia una forma de conocimiento que le religa a
su esencia alejándole, a su vez, de los estrictos parámetros mentales de los
esquemas de conducta predeterminados.
Es posible, incluso frecuente, contemplar cómo se alude al concepto iniciático
para identificar otras realidades humanas que implican un cambio o tránsito de
ciclo vital o cultural, aun cuando estos pudieran estar ritualizados, como tan
amplia y detalladamente nos explica Sir James George Frazer al estudiar un gran
número de costumbres de tribus indígenas a lo largo del mundo. De este modo,
puede resultar fácil incurrir en el error de considerar los ritos de tránsito de
la niñez a la pubertad o de la condición de púber a adulto o guerrero, como
procesos iniciáticos cuando, en estricto sentido, no se produce un
desdoblamiento entre el plano vital y el sagrado, ni una ruptura espiritual: la
crisálida vuela en el mismo aire donde antes respiraba la vaina. Nada de esto
nos concita aquí, pues con la iniciación se pretende retornar a la noche
primordial, y atravesar las pruebas ritualizadas, equivale a una cosmogonía.
La muerte iniciática reitera el retorno ejemplar al caos primordial, de tal modo
que hace posible la repetición de la cosmogonía, la preparación del nuevo
nacimiento. Se produce una crisis que pretende la desintegración de la
personalidad del neófito o su desmembración y reencarnación simbólica - dicho
sea desde una perspectiva chamánica - y este caos psíquico, es el indicio de que
el hombre profano está disolviéndose y que una nueva personalidad está a punto
de nacer, preparada para acceder a un plano trascendente y espiritual que se
encuentra más allá de la percepción racional.
La iniciación es una experiencia individual, única e intransferible, y no existe
una senda marcada sino lugares comunes. Es posible que el inmortal Apuleyo
ilustre con más brillantez cuanto pretendo decir (“El asno de oro”, Libro XI,
23):
“He rozado los confines
de la muerte, pisé el umbral de Proserpina y he retornado a través de todos los
elementos; en medio de la oscura noche vi brillar el sol en todo su esplendor;
me acerqué a los dioses del infierno y del cielo; los contemplé cara a cara y
los adoré de cerca. Esas son mis noticias, y aunque hayas oído mis palabras,
estás condenado a no entenderlas nunca”.
La experiencia que sugiere la iniciación sólo puede ser captada desde los
estadíos de la conciencia y, la negación de la experiencia racional que este
proceso conlleva, supone una suerte de identificación con la muerte ritual. De
este modo, para alcanzar simbólicamente la visión profunda de la realidad, hay
que comenzar matando de forma simbólica las apariencias sobre las que se asienta
la vida convencional, hasta construir desde la nada un nuevo paradigma
existencial que en ningún caso podría edificarse sobre esquemas inservibles.
Desde la muerte, desde la profunda soledad del abandono, se penetra en un
universo lúcido que aspira a conocer las verdades trascendentes, y el espíritu
que renace, que empieza a reconstruirse sobre estos sillares de luz pulida,
pretende ser perceptor de la experiencia de lo absoluto.
Este nuevo nacimiento no puede ocurrir en cualquier sitio ni de cualquier
manera, sino que debe celebrarse en un espacio y tiempo “distinto”, “separado”
del mundo profano; es decir, en un Templo: en un espacio y en un tiempo sagrado
o sacralizado por el ritual. Recordemos que la expresión “Templo”, procede el
griego “Temno”, que significa “Yo separo”, y que el “Temenos” suponía para ellos
una parte sagrada el espacio cósmico. El concepto de “Templo” es explicado de
forma brillante por Mircea Eliade en su obra “Lo sagrado y Lo Profano” (Capít.
II: “Templum-Tempus”):
“El templo, es a la vez
el lugar santo por excelencia y la imagen del mundo; santifica el cosmos por
entero y santifica igualmente la vida cósmica, concebida ésta como un ciclo que
se renueva de forma periódica con una trayectoria circular, dando paso a la
periódica existencia de un tiempo nuevo, puro y santo porque no estaba
desgastado aún el ciclo anterior”.
El
ritual, en una primera aproximación, libera la conciencia y permite al iniciado
alcanzar lo numinoso, prescindiendo de forma premeditada de toda explicación
racional. Cada acto, cada variante y cada circunstancia concreta de la
ceremonia, contiene un mensaje trascendente y el conocimiento de ese mensaje, y
no su mera asunción visceral, supone el verdadero motor de la transmutación.
A partir de este punto, el proceso
iniciático equilibra razón e intuición e involucra al individuo en un mundo
simbólico, sagrado y, a la vez, lógico, donde se convierte en protagonista y
beneficiario de todo cuanto el rito le revela, haciéndole participar de ambos
mundos, convirtiéndole en un “axis mundi” que une dos esferas separadas.
Tal vez haya pocas experiencias iniciáticas tan ricas e intensas como la que
tuve ocasión de presenciar en el Monasterio Mevlevilik de Estambul, donde fui
invitado a una sesión en la que danzaba un grupo de sufíes derviches
(semazenes), que me gustaría compartir con vosotros, extrayendo unas líneas de
un libro que me ofrecieron:
“Los
Semazenes llevan un vestido que indica la muerte del ego. El Sikke es un vestido
fino del color del mundo que simboliza la lápida mortuoria del ego. El Hirka es
un manto largo y negro que representa la tumba. La Tennure es una toga larga que
gira como envolviendo a la persona en la noche.
Cuando entran los
Semazenes al círculo, sus brazos están cruzados sobre el pecho. En esta posición
se parecen a “uno”, que significa la Unidad de Dios. Durante el Sema, que para
el humano representa la búsqueda de la realidad divina, sus brazos se extienden,
la mano derecha se abre hacia arriba y la izquierda mira hacia abajo. Esto
significa: “lo que recibimos de Dios, al hombre lo damos: no guardamos nada para
nosotros”.
Como la luna y los planetas que dan vueltas alrededor de sus propios ejes y a la
vez alrededor del sol, los Semazenes giran mientras se mueven en círculos por la
sala. Es una intoxicación del espíritu.
Durante el primer ciclo del Sema, los Semazenes consideran todos los mundos. Así
alcanzan la grandeza y majestuosidad de Dios. Los amantes están libres de la
duda y testifican su fe en la Unidad de Dios. En el segundo ciclo, toda la
existencia se disuelve dentro de la Unidad divina. Durante el tercer ciclo, los
amantes se limpian a si mismos y alcanzan el nivel de la madurez. En el cuarto,
llegan hasta la unión de no-existencia desde el interior de la existencia
divina: si has entrado en el Sema vas a dejar ambos mundos, el mundo del Sema y
el de afuera, ambos”.
Cuatro ciclos, cuatro Semas, para desintegrarse, para dejar “ambos mundos”;
cuatro son también los viajes de la Iniciación masónica y cuatro los elementos
que los identifican, pues en el quinto ya aparece el individuo transformado. El
neófito es desmembrado o descompuesto de forma simbólica a partir de los cuatro
elementos que conformaban, para el mundo antiguo, todo lo existente - “Tierra,
Agua, Fuego, Aire” - para renacer como un nuevo individuo: son innegables los
ecos de la tradición chamánica universal en esta forma de iniciación.
En la mitología de los elementos se configuran los “cuatro reinos” con unas
estructuras icónicas características. Los cuatro reinos representan el orden
topológico del mundo: desde los cuatro humores o los cuatro temperamentos, las
cuatro estaciones, los cuatro vientos, las cuatro cualidades, pasando por los
grupos de oficios clasificados según los elementos, hasta las cuatro edades de
la vida, y los seres que viven en cada uno de ellos. Los esquemas tetrádicos,
especialmente en los diagramas doctrinales de la Edad Media y comienzos de la
Edad Moderna, fueron asociados con otros órdenes numéricos, sobre todo, el tres,
el seis, el siete y el doce. Y las relaciones numéricas guardan relación con
figuras y proporciones geométricas, así como con armonías musicales.
Pese a que los viajes iniciáticos han sido ampliamente estudiados en el Taller
durante el pasado curso, y no se debe hacer mayor abundamiento en el rico y
variado mundo conceptual que nos evoca su simbolismo, quisiera ofreceros una
conocida imagen, pues a veces una imagen puede decir más que mil palabras.
Traigamos aquí las que Vincenzo Borghini escribiera en 1570 para explicar el
significado del impresionante fresco que pintó en el techo del “studiolo” de
Francesco I de Médici, en el Palazzo Vecchio de Florencia:
“Yo sé que invenciones,
incluso más ingeniosas, no faltan; con todo, quisiera decir lo que yo me he
representado al reflexionar sobre el hecho de que tales cosas no pertenezcan ni
del todo a la Naturaleza ni del todo al Arte, sino que ambas participen
igualmente en ellas y se complementen mutuamente… De ahí que en la mitad de la
bóveda, que corresponde al cielo, se deba pintar a la Naturaleza, acompañada de
Prometeo, el cual, como dice Plinio, fue inventor de piedras y anillos
espléndidos, y que, según la leyenda, cuando estaba encadenado en el Cáucaso,
pese a sus padecimientos, se ocupaba con infinita aplicación, en el labrado de
diamantes y otras piedras preciosas. Dado que la Naturaleza sólo opera por medio
de los cuatro elementos, dos de los cuales – agua y tierra – le sirven de cuerpo
y materia, y los otros dos elementos, el aire, y en mucha mayor medida, el
fuego, operan como sus fuerzas, asigno yo - lo mejor que puedo - un elemento a
cada uno de los cuatro muros. Si la naturaleza de los objetos queda, así,
relacionada con la cualidad de los cuatro elementos, se pueden diferenciar, por
un lado, los distintos materiales y, por otro, adornar el espacio con una serie
de figuras de todas las edades, sexo y apariencias. Con ello, el Arte y los
artistas tienen posibilidad de mostrar su poder de invención y la destreza de
sus manos”.
Cada una de las etapas sucesivas del viaje iniciático, habrá de suponer para el
iniciado una lección que le prepara para la siguiente jornada, que sólo podrá
ser debidamente asimilada en función del conocimiento de las anteriores. El
lugar de destino - si fuera posible llamarlo así - es a la vez la suma de las
experiencias vividas como el propio proceso: una suerte de “queste” artúrica
donde el sujeto que inicia el viaje es diametralmente diferente del que lo
concluye, si es que es posible concluirlo en algún momento.
El viaje iniciático, muestra una cartografía simbólica con contenidos repletos
de trascendencia, que transforma a su intérprete a la vez que va descifrando su
significado. Es un camino viviente que, en ningún caso es susceptible de ser
reducido a una idea, y que implica un esfuerzo en progreso, una acción de
transformación en pos de una esperanza de Luz y de Verdad, pues como dijo
Baudelaire “nuestra alma es un velero de tres palos que busca a su Icaro”.
El viaje iniciático también pretende mostrar que, en esencia, todo hombre es un
ser separado del mundo y de los demás, porque está separado de sí mismo. De este
modo, el nuevo Ser nace con la certeza de la necesidad de descubrir el mundo que
le rodea, descubriéndose a sí mismo, y nos desvela que no puede haber vida
humana plena si ésta carece de sentido, del legítimo intento de búsqueda de
conocimiento del Ser, donde habrá de quedar restituida una dignidad
profundamente confundida por las apariencias y los disfraces sociales: para
descubrir, en suma, la dimensión vertical o trascendente que nos define y
constituye.
Habrá de buscar el iniciado, dentro de su corazón, la figura del Semazen e
imaginar que su alma gira tan vertiginosamente como la del danzante que nada
guarda para sí… Habrá de transformar el iniciado la materia con el espíritu de
abnegación de Prometeo, con “su poder de invención y la destreza de sus manos”.
He dicho.
M:.M:. G.V.