MASONERÍA y LAICIDAD

 

“Hay una persecución injusta: la que ejercen los impíos contra la Iglesia de Cristo;

y hay otra persecución justa: la que ejercen las Iglesias de Cristo contra los impíos (…)

la Iglesia persigue por amor, los impíos por crueldad”

San Agustín, Carta 185

V:. M:.QQ:. HH:.

 

No puede decirse que exista hoy en día, al uso, una diferenciación clara entre los términos de laicidad y de laicismo. Es más, dependiendo de en boca de quién se sitúen, adquieren unas connotaciones u otras. La versión más “aséptica” entiende por laicismo una postura claramente anticlerical, y más concretamente contra todo lo que suene a religión católica, mientras que ‘laicidad’ es un término más suave en el sentido de entender una tajante separación entre el poder del Estado y el de las Iglesias, en plural. Pero no en todos los sitios se entiende así, y en muchos casos, no se entiende de ningún modo, más que en el modo interesado.

En determinadas ideologías y medios de comunicación asociados a ella, usan con perversidad esa confusión de términos con una alegría total, argumentando que el Estado persigue la aniquilación de todas las religiones, incluso –en un alarde de descaro- de la esfera de lo privado. O bien se argumenta, que las corrientes laicistas (o sin diferenciar, las corrientes laicas) pretenden instaurarse como otra nueva religión, a enseñar (= adoctrinar) desde los primeros años de la educación.

En el extremo opuesto, están los que abogan porque el nuestro sea, ora un Estado laicista, ora un Estado laico, sin tampoco tener muy claras cuáles son las diferencias. Y para añadir otro ingrediente a la salsa, en nuestra Constitución aparece que el nuestro es un Estado aconfesional, que tampoco parece ser (y no lo es) que sea lo mismo. Seguramente, muchos de los defensores de estas confusas posturas, caerían de asombro al descubrir a pensadores laicistas que se consideraban católicos, como por ejemplo Víctor Hugo, Condorcet, o Auguste Comte. Y es que en el fondo, ambos bandos olvidan la razón fundamental en lo que se refiere a la laicidad -que es de la que voy a hablar en este trabajo, tras introducir unas líneas más adelante, qué voy a entender por cada concepto- y es que la laicidad –digo- tiene que ver NO con la religión como tal, sino con su régimen de derecho en la esfera pública.

Se olvida –o desconoce- con frecuencia, que el laicismo no es, en sí mismo, antirreligioso. A lo que se opone es al enquistamiento de la religión en la política, a su invasión del dominio de lo público. En aquellas esferas donde una determinada religión trata de acaparar cotas de poder o de influencia, allí el laicismo sí que es anticlerical; como del mismo modo que una sociedad democrática ha de ser –si se me apura, por esencia- antifascista.

Me gusta seguir la definición que el filósofo hispanofrancés Henri Peña-Ruiz da a los términos de laicismo y de laicidad, que a mi parecer no poseen esa carga inicial de connotación negativa. En su opinión “la palabra laicismo es la más corriente para referirse al ideal de emancipación de la esfera pública con respecto a cualquier poder religioso o, en un sentido más amplio, de toda tutela del Estado que, siendo democrático, ha de ser de todos y no solo de algunos”. Así por tanto, el laicismo tiene más bien el estilo de ser un ‘ideal en lucha, un movimiento en pos de’, mientras que la laicidad viene a ser algo así como ese ideal ya logrado. Como se ve, estas definiciones –relacionadas, obviamente entre sí- están desprovistas de los tópicos y cargas anticlericales al uso en nuestro país; sin duda porque el autor de las mismas vive en una zona del planeta de amplia tradición laica y laicista.

Sin embargo en mi opinión, estas definiciones se quedan cortas en su letra –tal vez no tanto en su espíritu, de ahí que las prefiera a otras- por restringirse exclusivamente a la esfera de lo religioso. Aún siendo definiciones interesantes estimo que son incompletas: cada vez con más frecuencia –y violencia- estamos siendo testigos en nuestro propio suelo de la imposición de los nacionalismos, tal y como siglos atrás se imponía una religión con la espada, y que como entonces, ‘hacen la vida casi imposible’ a aquellos ciudadanos que no son de tal cuerda; por lo que mirad por dónde, ese papel de adoctrinamiento en lo religioso de antaño, al tomar las riendas de lo público, está siendo sustituido en muchos lugares por ese “sentimiento patrio y excluyente, visceral y de cacerola” del que nuestra sociedad está siendo hoy (casi) mudo testigo.  Por tanto, hablar de laicismo nos debería exigir hacerlo en su sentido amplio, que incluya también este otro factor de nacionalismo excluyente que casi siempre se olvida, y que como la mala hierba crece despacio, pero que es igual de intolerante, opresivo y fanático como lo era hace siglos el religioso. El colmo de la burla lo tenemos al oír expresiones como las de nacionalismo laico, queriéndoselas aplicar ciertas comunidades autónomas de nuestro país hoy en día.

Si me lo permitís, desearía comenzar hablando de los términos laicidad y laicismo en sus acepciones más primitivas, esto es, sin considerar el aspecto nacionalista-político-excluyente, por llamarlo de algún modo, aunque como se verá con facilidad, hallaremos un tremendo parecido.

Paseándonos por la historia, vemos que sobran datos en la del mundo Occidental donde la influencia de la Iglesia Católica en cuestiones de Estado -amén de la esfera de lo privado, que ya no es asunto que aquí nos ocupa- además de evidente, llegó a ser esclavizante y déspota. Ahí están como testigos mudos desde las famosas Cruzadas, la compraventa de indulgencias por parte de reyes, o la obligatoriedad en España –hace algunos siglos- de la conversión de judíos al catolicismo imperante so pena del exilio. Eso sin mencionar por consabidas y trilladas, las posiciones de fuerza y coacción de la Iglesia en cuestiones de Ciencia (incluso hoy día, de forma no tan sutil). Ahí están los casos de Galileo, Giordano Bruno, Miguel Servet, y otros tantos que la hoguera podría devolvernos. Y si aterrizamos con más ejemplos en el mundo Musulmán, las muestras aún pueden seguir poniéndose incluso en nuestro siglo. En general, todas las religiones del Libro, a lo largo de la historia más o menos reciente, han intentado extender su rango de influencia mucho más allá de la esfera de lo privado, aunque ello supusiera ejercer la coacción y la violencia practicando una especia de ‘santa intolerancia’. Es más, incluso hay una especie de extraña curiosidad que ha hecho que la historia de una determinada religión, al principio perseguida, pase a ser perseguidora en cuanto el poder del Estado al que accede, le permite hacer persecuciones y violencias de las que antes era víctima. Es lo que pasó, por ejemplo, con los cristianos, que al comienzo fueron víctimas de los paganos y posteriormente pasaron a ser sus perseguidores, en cuanto que el Cristianismo se convirtió en religión de Estado o del Imperio.

Me he sorprendido a mí mismo, al hilo de lo anterior, al comprobar cómo de forma tan milimétrica esto último ha sucedido igualmente con el fanatismo nacionalista, antaño perseguido en la época de la dictadura franquista y ahora tornado en perseguidor y extorsionador de quien no se siente como tal, o se exprese en su misma lengua. Por tanto, será preciso demandar con urgencia un movimiento laicista –de lucha- en pos de un ideal de completo laicismo.

Con todos estos ejemplos de la historia que he citado –y muchísimos otros que dejo en el cajón de mi disco duro- intento poner en pié la opinión de que en el fondo, la raíz de la laicidad hay que buscarla en la imperiosa necesidad de liberación de ese yugo opresor que supuso en la historia el poder de las religiones (la católica en particular, dentro de Europa) en connivencia con el poder del Estado, que hacían del ciudadano un auténtico esclavo. No hace mucho, pudimos oír en este Taller una Plancha, del que hoy es nuestro Venerable Maestro, defendiendo la idea de que la Masonería vino a responder a la misma necesidad liberadora. Con esto, me apresuro a decir que NO estoy argumentando que la idea de laicidad sea de copyright masónico, pero sí que ambos intentaron responder a una misma necesidad de libertad, y a buen seguro participaron de mutuas influencias -cual vasos comunicantes- pues la laicidad fusiona libertad de conciencia e igualdad de un modo radical. Con todo, esa lucha del laicismo (ahora sí, laicismo, entendido como movimiento para sacar adelante la idea de la separación Iglesia Estado) fue una lucha desigual. Sin ir más lejos, más de un siglo después de la Revolución francesa, y cuando la orientación liberadora de sus ideales empezaba a campear por algunas mentes, la Iglesia oficial se rearma y contraataca ante el miedo de pérdida de su privilegiada posición. Y ataca por obra y pluma del Papa Pio IX que llegaría a escribir en una de sus encíclicas, algunas perlas como las siguientes:

                        Art. XI. Sea anatema todo hombre que diga y se crea libre de abrazar y profesar la religión que considere verdadera según la luz de su razón.

                        Art. LXXVII. Sea anatema todo aquél que NO considere la religión católica como la única religión del Estado, con exclusión total de los demás cultos.

Los ideales de las Luces, de igual cuna o paternidad que la masonería especulativa, son la inspiración esencial del laicismo. Es curioso observar, incluso hoy día, cómo desde ciertos sectores de nuestra sociedad se acostumbra a hacer el tándem “laicismo-masonería” (hablando, eso sí, solo en la esfera religiosa) con la idea de sumar al primero –al laicismo- la leyenda negra y la mala prensa que se ocuparon de dar a la segunda durante los famosos y fatídicos cuarenta años de pasada dictadura. En el fondo, aunque por motivos muy distintos, es fácil detectar la sintonía entre laicidad (también laicismo) y masonería. De hecho, el ideal laico implica una cultura de la autonomía de juicio, en todos los terrenos, no solo en el religioso, aunque tuviera aquí su origen; un juicio basado en la razón, en esa facultad de libre examen que permite no solo saber, sino también pensar el sentido de los saberes y de las prácticas, haciéndonos en definitiva dueños de nuestros propios pensamientos. Pero además, esta autonomía racional no tiene por qué implicar la supresión de una determinada fe religiosa o una determinada inclinación política en el individuo que es capaz de pensar, sino que ha de llevar ineludiblemente a que la persona no confunda -pero que sí distancie adecuadamente- lo que sabe y lo que cree, para evitar de este modo la intolerancia y el fanatismo. Creo que estos extremos convienen dejarse claros.

Hay que reconocer en esto cierta concordancia de fase con los ideales masónicos y las ideas del siglo de las Luces, si bien tales ideales habría que actualizarlos un tanto para incluir el problema fanático-nacionalista, y construir de ese modo un espacio común de encuentro, donde al margen de las creencias o los sentimientos personales de cada uno, se establezcan mediante “una especie de pacto” las reglas de juego común dispuestas a respetarse, y que garanticen la coexistencia pacífica entre todos, siendo las instituciones públicas las encargadas de velarlas, actualizarlas y salvaguardarlas. Podría pensarse, por el contrario, que tales reglas ya nos vienen dadas en las leyes que nos marcamos y que éstas ya deberían de garantizarnos la convivencia de la que hablo. No me refiero a esto, pues sin duda leyes (buenas y malas) ya tenemos en nuestro Estado aconfesional (que NO laico, y menos laicista que actualmente tenemos) pero que contribuye, este mismo Estado nuestro –por ejemplo- a cofinanciar la educación (no de todos los ciudadanos, sino la de una parte de ellos) con la Iglesia Católica, con la que mantiene acuerdos y firmas desde otros tiempos, y que lejos de retirarlos, los vuelve a rubricar. Evidentemente, a mi parecer, NO sería solución –como se ha llegado a proponer- el que se firmen por parte del Estado acuerdos parecidos con otras confesiones religiosas: justo así vamos en sentido contrario a lo que debería ser un Estado laico, permitiendo que se invada el terreno vital de la formación de los ciudadanos por parte de las confesiones religiosas, claudicando ante ellas, como antaño. Siguiendo con el ejemplo, la Educación –con mayúsculas- ha de ser competencia del Estado. Bien es cierto que afirmar esto en los tiempos que corren, es poco menos que arriesgado, dado el altísimo nivel de contaminación que en la actualidad –y sobre todo en  nuestro País- posee el término ‘Educación’, acercándose hoy más que en ninguna otra época, a la idea de espacio lúdico-recreativo con aspiraciones a competir con Disneyworld. El problema es que los que trabajamos en ella –en el terreno de la educación- observamos al principio con estupor, y ahora con impotencia y asco, cuán degradada está la enseñanza pública en este país y cuán denigrada la dignidad docente; de modo que hoy por hoy, hablar de enseñanza pública laica y de calidad, garante de formación de los ciudadanos, cultura e igualdad de oportunidades, suena a algo más que broma: al menos en lo que se refiere a la NO universitaria, que es la que conozco de primera mano; y sálvese el porcentaje correspondiente a las excepciones. Una educación pública donde por lo visto, el problema fundamental que parece ser que tiene es el de la famosa ‘Educación para la Ciudadanía’ o el de si ha de haber o no (que no) crucifijos en las aulas: esos son los únicos problemas de importancia que parece ser que tiene la Educación en este País. Perdonadme, pero no podía dejar de ‘meter esta cuña’.

Evidentemente, me apresuro a decir que tampoco con esto estoy dando a entender que el Estado deba de fiscalizar y/o estar presente en todas las esferas hasta provocar la asfixia, pues gobernar no quiere decir apropiarse de todas las parcelas del Estado que han de adecuarse a su dimensión pública, y convertirse en algo así como un ‘papá-Estado’ (recuérdese a este respecto el nefasto ‘clericalismo político’ que se formó en la antigua Rusia tras la revolución de 1917). Con todo, la pregunta viene sola: ¿puede/debe el poder público mezclarse con una confesión religiosa concreta, aunque sea mayoritaria en la población? Rotundamente estimo que no. Además de lo anterior, el que el poder público se adscribiera –más o menos de cerca- a alguna confesión religiosa ‘tolerando’ –en el mejor de los casos- a las demás, crearía cuando menos una situación de profunda desigualdad. Eso sin mencionar el sesgo en las funciones que son de su competencia en aras de una determinada posición muy particular. Pero es que incluso la situación de ‘tolerar’ a las demás confesiones, sentaría un desmesurado agravio: lo que es tolerado no tiene nunca el mismo valor que lo que es libre, en el sentido pleno de la palabra. A propósito de esto último, me viene ahora a la mente la idea lanzada por cierto pasado político relevante –y secundada hoy día por muchos otros- de que la nuestra, la Occidental, es una cultura y un humanismo con raíces en lo Católico, proponiéndose tal idea como argumento para emparentar Estado y confesión religiosa católica. Sin duda, interesadamente o no, muchas veces no se distingue entre la dimensión cultural propia del hecho religioso y la realidad de su función normativa en la vida social o en la organización política.

Al margen de oscuros intereses, también es posible entender -sin compartir- las campañas anti-laicidad por algunos sectores de la sociedad. Y es que el laicismo, fundido con un ideal cientifista es considerado a menudo -bajo una óptica que me resulta difícil de captar- como el responsable de la que se da en llamar “crisis de sentido”, de lo cual el retorno a lo religioso sería síntoma y remedio. Sería algo así como la desesperada opinión de Dostoievsky en su ‘Hermanos Karamazov’ de que ‘si Dios no existe, todo está permitido’, olvidando quizás que intentar bajar el cielo a la tierra y transformar el mundo para que manifieste su riqueza en dignidad y belleza, es dar al laicismo (como movimiento) un sentido diferente al del trágico y angustioso abandono, en el que la obsesión por el pecado alimenta una lectura pesimista de la historia. Desde el punto de vista laico (y laicista), sería también confiar en la razón humana, cuyos recursos cultiva la ciencia y la filosofía, para propiciar así la sabiduría y la lucidez. Es más, el laicismo no tiene por qué suponer a los hombres mejores o peores de lo que son. El laicismo sustituye –en lo público- la fe por la fidelidad: la fe es una creencia; la fidelidad es una adhesión, un compromiso y un reconocimiento. La fe se refiere a uno o varios dioses; la fidelidad, a valores, a una historia y a una comunidad. De hecho, fe y fidelidad pueden darse juntas en el fuero interno, si bien es perfectamente posible tener una sin la otra: sería lo que distingue la impiedad (ausencia de fe) del nihilismo (ausencia de fidelidad). Con sinceridad, ¿acaso es necesario creer en un Dios para pensar que la sinceridad es preferible a la mentira, que el valor es preferible a la cobardía, que la generosidad es preferible al egoísmo o que la dulzura y la comprensión son preferibles a la violencia o la crueldad, o que la injusticia a la injusticia o el amor preferible al odio? Por supuesto que no. Si el individuo cree en Dios, el laicismo no coarta en absoluto que cada persona creyente reconozca en Él esos valores. Pero igualmente, los que carecen de fe (ateos y/o agnósticos) ¿por qué habrían de ser incapaces de percibir la grandeza humana de esos valores, su importancia, su necesidad, su fragilidad, su urgencia, y de respetarlos bajo esa luz? ¿Qué grave inconveniente habría al diseñar una sociedad basada en la fidelidad a esos valores?

El problema está –a mi juicio- cuando las consciencias son vilmente secuestradas por la fe, como de hecho ocurre en multitud de países que tenemos todos en mente, donde la población casi al completo es víctima de aquélla, llegando incluso a matar o inmolarse por ella. Con todo, no hay que irse a países lejanos o rebuscar demasiado, pues incluso en el nuestro se observan a veces ciertos hechos y actitudes cada vez más cercanos al talibanismo. Y es que el modo en que se vive esa fe altera el trabajo del movimiento laico, pues la paz entre los hombres depende virtualmente de la distancia interior que pone de acuerdo la fe religiosa con la tolerancia respecto a otras posturas espirituales. Ahí aparece el problema. Cuando la conciencia es presa por completo de la fe que alberga, y todo pensamiento parece derivar incondicionalmente de ella, la propia fe adquiere la violencia del fanatismo. Como ha sucedido numerosas veces en la historia, la casta clerical (tanto religiosa como política) se prepara para esa sumisión íntegra de las conciencias, y crear así una situación de dominación y servidumbre. Como renglón seguido, se implanta igualmente el odio a la razón, como facultad de juicio autónomo e instancia crítica. Y así, el miedo a pensar por uno mismo y a la posesión del conocimiento, se instauran como espina dorsal; máxime cuando esos secuestros de conciencias se consiguen jugando con la angustia que produce la incertidumbre ante la vida y la muerte, y de ese modo aterriza en la sociedad un imaginario en el que la superstición y la credulidad mezclan sus tormentos.

Permitidme que sea pesimista. Aún reconociendo la idoneidad de un espacio verdaderamente público de encuentro, donde entren en juego la fidelidad a unos valores que unen a las personas, y no los que los separan, con un poder del Estado que salvaguarde el derecho individual de cada individuo a ejercer en el terreno de lo privado todo tipo de creencias, no creo que a corto plazo consigamos una sociedad laica, tanto en lo religioso como en lo político. Creo que en lo religioso, son ya demasiados los años de ventaja perdida en ese terreno, donde todavía la sombra del clero, en muchos aspectos de la sociedad, sigue siendo muy alargada; y el miedo -o la incapacidad- de los gobiernos de turno a ponerle freno es manifiesta. Tal vez hagan falta lustros de laicismo para conseguir que nuestro Estado deje de ser aconfesional y se declare –sin complejos- como Estado laico, y lo que es más urgente: obre como tal. Hará falta empezar –a título solo de ejemplo- por remodelar la educación, la escuela. Nunca he entendido por qué ha de existir una asignatura de religión en escuelas e institutos (y no entro ya en el grave hecho de que sean los próceres de ciertas iglesias las que designen/contraten al profesor de esa religión y sea el Estado el que pague su sueldo). En este sentido, no sería del todo mala idea re-inventar la institución libre de enseñanza (obra masónica donde las haya) y acoplarla al laicismo del siglo XXI. Solo así, las generaciones futuras sabrán no confundir la esfera de lo privado con la esfera de lo público, intentando imponer su visión del mundo bajo la óptica de su fe, al resto de ciudadanos. Será señal entonces de que han cultivado un espíritu libre y autónomo, con la suficiente inteligencia y buen sentido que preserve y respete las creencias individuales del otro, y que al mismo tiempo sean capaces de vivir y disfrutar de lo que nos une, del espacio público común, sin tutelas, sin complejos y sin miedos. Pues es el amor, no la esperanza, la que nos hace vivir; y es la verdad, no la fe, la que nos libera.

He dicho.

Respetable Logia Mediodía. Sevilla.

M:.M:. R.G.G.F.